¿Es la distancia una garantía real de seguridad o simplemente una tregua temporal de la naturaleza? El reciente terremoto de magnitud 7.4 que sacudió la costa este de la isla de Honshu, en Japón, no solo ha puesto a prueba los rigurosos protocolos nipones, sino que ha reactivado en el Perú un debate necesario sobre nuestra propia vulnerabilidad costera ante eventos transoceánicos.

Alerta y monitoreo de impacto en el Pacífico. (Foto: Captura de Hidrografía Perú)
La anatomía del miedo y la alerta
El sismo, con epicentro en el mar a una profundidad de 40 kilómetros, activó de inmediato las alarmas de tsunami en Japón, con proyecciones de olas de hasta tres metros. En el Perú, la Dirección Hidrografía y Navegación de la Marina de Guerra actuó con celeridad para descartar el peligro en nuestro litoral. Sin embargo, la resolución técnica de «no hay amenaza» no debería traducirse en indiferencia. El dilema es claro: ¿estamos preparados para interpretar el silencio del mar como una señal de alerta o dependemos exclusivamente de la confirmación oficial?
Japón y Perú: Espejos de una misma geología
Japón, tras la tragedia de Fukushima en 2011, transformó su sistema de gestión de riesgos en un modelo de resiliencia mundial. En contraste, la costa peruana observa estos eventos con la mirada de quien comparte el mismo «Cinturón de Fuego del Pacífico», pero no necesariamente la misma infraestructura de respuesta.
Mientras en el país asiático se evacúan zonas enteras en minutos, en el Perú estos eventos sirven como recordatorio de que la naturaleza no reconoce fronteras. El desafío institucional no es solo técnico, sino educativo: transformar el descarte de una alerta en un ejercicio de prevención activa y no en un suspiro de alivio que fomente la complacencia.
Escribe: Naomi Selene Carrasco Cruz.