Donald Trump ha vuelto a insistir en que merece el Premio Nobel de la Paz, esta vez aprovechando un incierto acuerdo de alto el fuego entre Israel e Irán. Sus aliados lo alaban, pero las inconsistencias de su historial diplomático y su afán por el reconocimiento generan más dudas que méritos reales.
Una vieja obsesión desde el Salón Oval
Desde que regresó a la Casa Blanca, el presidente Donald Trump no ha dejado de alimentar una narrativa en la que se presenta como un líder global injustamente ignorado. Su obsesión con el Premio Nobel de la Paz ha cobrado nueva fuerza tras el anuncio de un acuerdo de alto el fuego entre Israel e Irán, impulsado —según él— por su liderazgo.
Aunque el cese de hostilidades ha sido celebrado en círculos republicanos, los expertos advierten que se trata de un entendimiento preliminar, sin garantías ni verificación independiente. Pese a ello, Trump ha decidido capitalizar el anuncio como una “prueba” de que el mundo le debe un Nobel.
Aliados que inflan una narrativa de mérito
Uno de los más entusiastas ha sido el congresista republicano Buddy Carter, quien formalizó una nominación afirmando que Trump evitó que Irán accediera al arma nuclear. Esta justificación se basa en los recientes bombardeos a instalaciones nucleares iraníes, cuyos efectos reales —según reportes militares— fueron mínimos y temporales.
A esta lista se suma la polémica postulación previa del legislador ucraniano Oleksandr Merezhko, quien retiró su nominación tras criticar a Trump por desviar su atención de Ucrania para enfocarse en Medio Oriente. La narrativa internacional es desigual, y algunos gobiernos —como el de la India— han desmentido rotundamente los supuestos logros diplomáticos que Trump se adjudica.

Un presidente en busca de consagración personal
Durante su primer mandato, Trump ya había sido postulado al Nobel en varias ocasiones, incluyendo por su rol en los Acuerdos de Abraham, sus encuentros con Kim Jong-un y el acuerdo económico entre Serbia y Kosovo. Sin embargo, ninguna de esas iniciativas logró una paz duradera ni transformadora.
Hoy, desde su segundo mandato, su estrategia parece más centrada en el reconocimiento personal que en una política exterior estructurada. Incluso ha vuelto a referirse a un supuesto tratado de paz entre Ruanda y la República Democrática del Congo mediado por su gobierno, sin que existan pruebas de tal intervención.
El proceso Nobel: criterios y reservas
El Premio Nobel de la Paz es adjudicado por el Comité Noruego, conformado por cinco miembros designados por el Parlamento de Noruega. Para la edición 2025, se recibieron 338 candidaturas, de las cuales 244 corresponden a personas y 94 a organizaciones. Aunque el comité no confirma quiénes han sido postulados, se sabe que la nominación de Trump fue presentada antes del cierre del 31 de enero.
El ganador se anunciará el 10 de octubre, y la ceremonia de premiación tendrá lugar el 10 de diciembre en Oslo. Hasta ahora, cuatro presidentes estadounidenses han recibido el Nobel: Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson, Jimmy Carter y Barack Obama. Este último ha sido usado frecuentemente como punto de comparación —y resentimiento— por parte de Trump.

Una paz débil, una ambición desmedida
Los recientes bombardeos ordenados por Trump contra instalaciones nucleares iraníes provocaron una respuesta inmediata contra una base estadounidense en Catar, apenas 48 horas después. En ese contexto, el anuncio de alto el fuego, hecho unilateralmente por el mandatario, no ha sido confirmado formalmente ni por Israel ni por Irán.
Mientras la situación sigue siendo inestable en la región, Trump ha optado por enfocar su discurso en los supuestos méritos que lo harían acreedor al Nobel, en vez de priorizar una estrategia integral y transparente de desescalada. Para un presidente que se ha caracterizado por decisiones unilaterales y una retórica divisiva, su postulación parece más una extensión de su ego que una búsqueda genuina de reconciliación internacional.
Conclusión: cuando la propaganda busca disfrazarse de diplomacia
En su segundo mandato, Donald Trump sigue utilizando el poder y la narrativa oficial para perseguir un objetivo personal: el reconocimiento que cree que se le ha negado. Pero el Premio Nobel de la Paz no es un trofeo político ni una campaña de relaciones públicas. Es un símbolo de esfuerzos sostenidos, valientes y genuinos por preservar la paz.
En lugar de actuar como mediador imparcial, Trump ha reforzado su estilo confrontacional, recurriendo a la exageración y al revisionismo para justificar su candidatura. En un mundo convulsionado, el comité del Nobel tiene la responsabilidad de distinguir entre quienes construyen paz y quienes solo la proclaman. Y, hasta ahora, Trump no ha demostrado estar en la primera categoría.
Redacta: Jade Bermeo