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Ucrania enfrenta un colapso demográfico mientras la guerra vacía hospitales, pueblos y escuelas

En la localidad de Hoshcha, al oeste de Ucrania, la sala de maternidad permanece en silencio. El personal sanitario atiende cada vez a menos gestantes y el número de nacimientos continúa cayendo, reflejo de un país golpeado por la muerte, la migración y la incertidumbre que deja casi cuatro años de guerra. El contraste con épocas recientes es contundente: donde antes nacían cientos de niños al año, ahora apenas se registran cifras simbólicas.

La disminución de nacimientos se suma a la devastación humana acumulada desde 2022. Cientos de miles de personas han muerto o han quedado gravemente heridas, mientras millones se han marchado del país. El resultado es una contracción poblacional que avanza con rapidez y que alcanza también a regiones alejadas del frente. Hoshcha, con cerca de cinco mil habitantes, es un ejemplo claro de cómo el impacto demográfico se extiende incluso a zonas relativamente tranquilas.

La crisis se percibe también en los pueblos vecinos. En Sadove, una escuela que atendía a más de doscientos estudiantes cerró cuando su matrícula cayó a un solo dígito. Los responsables administrativos de la zona han contado más de un centenar de fallecidos en la guerra solo entre Hoshcha y sus alrededores, un territorio que reúne a unas veinticuatro mil personas. La pérdida de hombres jóvenes afecta de forma directa a la renovación generacional y al equilibrio demográfico local.

Antes de la invasión, Ucrania tenía alrededor de cuarenta y dos millones de habitantes. El número ya se sitúa por debajo de los treinta y seis millones y las proyecciones del Instituto de Demografía de la Academia Nacional de Ciencias anticipan descensos aún mayores para mediados del siglo. Estudios previos muestran además que el país registra simultáneamente una de las tasas de natalidad más bajas del mundo y una de las tasas de mortalidad más altas, fenómeno que se ha intensificado durante la guerra.

El retroceso también se observa en la esperanza de vida, especialmente entre los hombres, que enfrentan un riesgo mayor debido al conflicto. Expertos y autoridades coinciden en que Ucrania necesitará millones de trabajadores para reconstruir su economía y sostener funciones esenciales cuando finalicen los combates. El gobierno ya elaboró una estrategia demográfica que plantea frenar la migración, hacer regresar a ciudadanos que viven en el extranjero y atraer talento foráneo si los puestos no logran cubrirse.

Las pérdidas humanas se hacen visibles en la vida cotidiana. Retratos de soldados muertos adornan los accesos al ayuntamiento de Hoshcha, y residentes de mayor edad visitan esos memoriales mientras recuerdan a vecinos caídos. En las escuelas, los grupos de primer grado se reducen año tras año y parte de los graduados se marcha al extranjero antes de cumplir la mayoría de edad, una práctica que ha aumentado desde que los hombres adultos tienen prohibido salir del país durante la guerra.

La caída demográfica, sin embargo, comenzó antes del conflicto. Durante dos décadas, millones de ucranianos emigraron hacia Europa occidental en busca de oportunidades y estabilidad económica. La invasión rusa aceleró ese éxodo. Según estimaciones del Centro para la Estrategia Económica, más de cinco millones de ucranianos que huyeron desde 2022 siguen viviendo fuera del país. Muchos podrían no regresar y podrían sumarse otros tantos cuando termine la restricción de salida para los hombres en edad militar.

En ese contexto, las maternidades se sostienen con dificultad. La unidad de Hoshcha perdió su financiamiento estatal en 2023 tras no alcanzar el mínimo anual exigido. Desde entonces sobrevive gracias a recursos locales. El miedo y la inestabilidad influyen en las decisiones reproductivas, y una proporción considerable de las mujeres que llegan al hospital tiene parejas desaparecidas o desplegadas en el frente.

Las comunidades rurales tampoco escapan a la crisis. En Duliby, a pocos kilómetros de Hoshcha, abundan las viviendas abandonadas. El pueblo no llega a doscientos habitantes y varios de sus hombres fueron movilizados. Algunas familias, como la de Oksana Formanchuk, viven con la angustia de no conocer el destino de sus seres queridos en combate y con el temor de que otros miembros de la familia sean llamados a filas.

La incertidumbre económica agrava la situación. Jóvenes como Anastasiia Yushchuk, que trabaja en una pequeña unidad móvil de café, aseguran que formar una familia se ha vuelto un proyecto pospuesto por la falta de estabilidad, el encarecimiento del alquiler y la volatilidad del costo de vida. Otros habitantes señalan que, sin seguridad y sin previsibilidad, es casi imposible decidir tener hijos.

Aun así, algunas familias encuentran razones para seguir adelante. Funcionarias locales que crían a sus hijos mientras sus parejas sirven en el ejército hablan de los niños como un recordatorio de que hay futuro a pesar de la destrucción. En un país donde el panorama demográfico es cada vez más crítico, esos pequeños gestos se han convertido en un símbolo de resistencia emocional.

Redacción: Luis Santiago Miguel Cabrera Gómez